UNA SITUACIÓN INESPERADA.
Cuando el cuerpo habla.
Nunca imaginé que una pancreatitis me obligaríaa detener mi vida profesional de golpe. Soy deesas personas que siempre van deprisa, queencadenan proyectos, que creen que "yadescansaré el fin de semana". Hasta que el cuerpodijo basta. Y cuando el cuerpo habla, no susurra:grita.
El día que todo se detuvo.
La hospitalización llegó como un frenazo brusco. De repente mí agenda dejó de importar. Las urgencias, las pruebas, el dolor… todo me colocó frente a una realidad incómoda: llevaba demasiado tiempo ignorando señales. Pequeños avisos que había normalizado —cansancio constante, dolor abdominal, irritabilidad, falta de concentración— porque "no era para tanto".
Pero sí lo era.
Ese parón obligatorio se convirtió en un espejo. Y aunque al principio solo veía miedo y frustración, poco a poco empecé a ver algo más profundo: una oportunidad para escucharme de verdad.
La importancia de descansar.
Descansar no es tumbarse en el sofá con el móvil
en la mano. Descansar es permitir que el cuerpo y
la mente bajen revoluciones. Es desconectar sin
culpa. Es entender que la productividad no es un
valor moral y que parar no es fracasar.
En el hospital descubrí que el descanso no es un
lujo, sino una necesidad fisiológica. Y ahora,
desde casa, sigo aprendiendo a respetarlo. A
veces me cuesta. A veces me impaciento. Pero
estoy entendiendo que la recuperación tiene su
propio ritmo, y que forzarla solo retrasa el
proceso.
Aprender a ser optimista. (incluso cuando cuesta)
No voy a romantizar la experiencia, hay días duros; días en los que el cuerpo pesa y la mente se llena de preguntas. Pero también he descubierto que el optimismo no es una actitud ingenua, sino una herramienta. No se trata de negar lo que
duele, sino de elegir dónde pongo mi energía.
Estoy practicando pequeñas cosas:
- Celebrar avances mínimos,
- Agradecer lo que sí funciona,
- Rodearme de personas que suman,
- Hablarme con más amabilidad.
El optimismo, entendí, es un músculo y ahora lo
entreno a diario.
Gestionar las emociones sin esconderlas.
La enfermedad me ha obligado a convivir
con emociones intensas: miedo, rabia,
incertidumbre. Antes las habría escondido
bajo capas de actividad. Esta vez no puedo.
Y, sorprendentemente, está siendo
liberador.
Estoy aprendiendo que gestionar emociones
no es controlarlas, sino escucharlas. Darles
espacio. Preguntarme qué necesitan. A
veces es descanso, otras, compañía y en
ocasiones, simplemente llorar.
La vulnerabilidad ha dejado de ser una
amenaza y se está convirtiendo en una
aliada.
Un proceso lento, pero lleno de sentido.
Marzo del 2026. Estoy en un proceso lento,
consciente, lleno de pequeños pasos que me
están enseñando más de lo que imaginé. No
quiero volver a la versión de mí que ignoraba
señales. Quiero una vida más equilibrada, más
amable conmigo misma.
Gracias a quienes sostienen este camino.
En medio de todo este proceso, he
descubierto que no estoy sola. Quiero
agradecer a mí familia y pareja, que han sido
mí refugio; a mis amistades y alumn@s, que
me han enviado mensajes llenos de
paciencia y cariño. Y, sobre todo, quiero
expresar mi gratitud más profunda al equipo
de profesionales de la Sexta Par del
Hospital de Cabueñes, en Gijón. Su
humanidad, su profesionalidad y su
capacidad para acompañar en los
momentos más vulnerables han marcado
una diferencia inmensa. No solo cuidan el
cuerpo: también sostienen el ánimo, la
dignidad y la esperanza.
Escuchar para vivir mejor.
La pancreatitis fue un golpe duro, sí. Pero también
es un recordatorio poderoso: el cuerpo siempre
habla. Y cuando lo escuchamos, nos guía hacia
una vida más plena.
Soy Ana Vázquez, una mujer que siempre ha
apostado por la vida saludable, por el movimiento
consciente y por el bienestar integral. Echo de
menos mis clases de yoga, pilates y baile, ese
espacio donde cuerpo y mente se encuentran y
donde comparto con mis alumn@s lo mejor de mi.
Este parón inesperado me ha enseñado que
cuidarse no es una opción, sino un compromiso
profundo con la vida.
